Vaig viure 8 anys a l’ Uruguai quan encara hi havia
dictadura. Certament, el pitjor ja havia passat i quan jo hi vaig
arribar l’any 1976, les coses semblava que s’anaven apaivagant, tot i
que tenies la sensació de ser fèrriament espiat i controlat.
Llegia avui un article que m’ha fet retrocedir a
aquells anys d’anys i m’ha semblat interessant recollir-lo. És clar que a
mi m’ha interessat de forma especial perquè algunes de les persones que
s’hi citen les coneixia personalment i les vaig poder tractar. El
jesuïta Mons. Carlos Mullin, bisbe de Minas, era el meu bisbe i també
vaig tractar Perico Pérez Aguirre que, entre altres coses, feia una gran
feina amb menors sense família, que vivien al carrer i que ell recollia
en un centre per donar-los menjar i educació. Vaig tenir la sort de
poder conèixer de ben a prop varis centres de menors d’aquest tipus
dirigits per capellans i he de confessar que feien una labor molt
meritòria.
M’ha semblat interessant recollir aquest article del
jesuïta JORGE SCURO perquè es parla molt –i segur que se’n seguirà
parlant molt temps encara- del paper que va jugar l’actual Papa en el
temps de la dictadura argentina. Aquest article és un testimoni més que
pot ajudar a contrastar punts de vista ben diversos i d’aquesta manera
formar-nos el nostre propi criteri.
Jesuitas en los años de plomo
Jorge Scuro- Montevideo
Conocí
a Jorge Mario Bergoglio en febrero de 1966, estábamos en la década de
los 20 años de edad. Él cursaba la licenciatura de teología y yo
filosofía en el Colegio Máximo de San Miguel (Buenos Aires). Además de
la convivencia en la misma casa religiosa se dio un particular vínculo,
pues él era adjunto en la Cátedra de Metodología Científica que cursé
ese año. En ese tiempo me delegó tareas de especial interés para mí, por
lo tanto nuestros encuentros pasaron a ser más frecuentes.
En diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.
Unos
años después fue designado provincial de la Provincia Argentina, es
decir superior regional para la Argentina. Yo pertenecía a la Provincia
Uruguaya, en aquel momento independiente, hoy anexada a la argentina.
Un hecho circunstancial hizo que volviéramos a encontrarnos. El
viernes santo de 1975 fue detenido (raptado) por las Fuerzas Conjuntas
uruguayas el padre provincial de Uruguay, Carlos Meharu, quien celebraba
la liturgia de ese día, alrededor de las 20 horas en la Comunidad Cabré
de los jesuitas, en la calle Soriano y Ejido. Estaban también “Perico”
Pérez Aguire, cinco jesuitas más y 30 jóvenes laicos.
Estaba invitado a participar pero opté por ir a la liturgia del Colegio Seminario, a una cuadra de allí.
Eran
las cinco y media de la madrugada del sábado santo cuando me despierta
el teléfono. Era Jorge, un compañero jesuita. (Yo vivía en la Comunidad
Pedro Fabro, el cias, en la calle Agraciada.) Me dice que Carlitos, el
padre provincial, no había ido a dormir esa noche a su casa de Larrañaga
y Caiguá. Esta comunicación ahora puede sorprender al lector. Pero
recordemos que estábamos en plena dictadura y un cambio no avisado de
rutinas podía ser indicio de cualquier cosa.
Inmediatamente me
dirigí al Colegio Seminario, la casa principal y referente de los
jesuitas en Uruguay. Allí me encuentro con Pablo, otro compañero,
madrugador vocacional, quien me entera de lo sucedido en la noche
anterior y me dice que están en la Jefatura de Policía. Camino-corro
esas cuadras, confirmo la noticia, cruzo al bar de enfrente y acarreo
más de cuarenta milanesas al pan. “Atendamos primero el cuerpo”, pensé.
Luego llevamos unas frazadas.
¿Y ahora qué hacemos? Quien podía
tomar decisiones estaba preso, el “socio” o sea el número dos, el padre
Miguel Artola estaba en Colombia. El “consultor” más antiguo, el padre
Andrés Assandri, estaba en Colonia del Sacramento. El rector de la
comunidad más importante, Luis del Castillo, estaba en Rio de Janeiro.
¿Entonces? ¿Quién nos quedaba a mano para encarar un plan de acción?: el
secretario, el padre Sancho, hombre mayor que quedó abatatado con la
noticia. Nos miramos con Pablo constatando que estábamos solos.
Necesitábamos
un interlocutor de absoluta confianza y a la mano. Se nos ocurre llamar
a monseñor Carlos Mullin, jesuita, obispo de Minas. Sabíamos que tenía
contactos con algunos gobernantes. Llegó esa misma tarde. Fue una buena
elección pues los dos teníamos buen relacionamiento con él y su gesto
paternal nos dio algo de calma.
Enseguida llamó al presidente
de la República, Juan María Bordaberry: le contestan que estaba en su
estancia de Durazno. Llama al ministro del Interior: estaba en la Semana
de la Cerveza en Paysandú. Llama al general “Goyo” Álvarez, estaba en
la Semana de Lavalleja en Minas. No se podía creer. Llegué a pensar que
si Dios Padre llegara al Uruguay durante una santa y criolla Semana de
Turismo tendría que recorrer las rutas de la patria montado en bicicleta
para encontrar a alguno de sus fieles.
El paciente y tenaz
monseñor Carlos Mullin, a quien no vi retroceder ante ninguna adversidad
en varios años que conviví con él, se atrevió a jugar su última carta.
Llamó al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y éste sí contesta.
Monseñor saluda y rápidamente le dice que ponga en libertad, ya, al
padre provincial y a todos los jesuitas y laicos que tenían presos. El
general contesta: “Lo llamo en diez minutos, déjeme averiguar de qué se
trata”.
Al rato suena el teléfono: “No pueden ser liberados
pues pasarán el lunes a la justicia militar”. “¡De ningún modo!”, fue la
respuesta. “Si no los libera mañana, domingo de Pascua, con las
iglesias repletas hago leer un comunicado del Episcopado entablando
juicio eclesiástico al Estado uruguayo.”
Yo pensaba que esta
escena surrealista sólo podía darse entre monseñor Mullin y el general
Vadora. La respuesta del general fue que no podía hacer eso pues él
pondría soldados en las puertas de todas las iglesias y capillas de la
República. La respuesta de monseñor fue fulminante: “Usted no tiene
fuerza para hacer eso pues no puede controlar todos esos lugares entre
las 6 de la mañana y las 21 horas”. En el correr del domingo
saldrían libres los laicos más jóvenes. En cuanto a los jesuitas, decían
los militares, el martes podrían ser liberados quienes no tuvieran
“antecedentes”. Perico y Carlitos no podrían salir.
Aquello no terminaría fácilmente. Había que hacer algo más fuerte.
El
domingo de la pascua de resurrección fui a las cinco y veinte de la
madrugada al aeropuerto pues sabía que había un vuelo a Buenos Aires. En
esa época había vuelos con aviones pequeños de cuatro compañías, con
frecuencias de unos 45 minutos. En ese primer vuelo matutino ya habíamos
sacado en anteriores oportunidades a algún compañero perseguido. Me
arriesgué a probar suerte.
Iba a Buenos Aires a encontrarme con
mi amigo Jorge Mario Bergoglio. Estaba seguro de que me ayudaría, él
era el provincial argentino. Nos encontramos en un bar en Corrientes y
Callao. Llegó a la hora establecida. Le conté y me preguntó sin indagar:
“¿Qué querés que haga?”. “¡Quiero hablar con el padre Arrupe!”, le
dije. (Era nuestro padre general, en Roma, le dicen el “papa negro”.)
Sin más me dijo “Vamos”. “Esperame en la puerta del Salvador,
necesito conseguir un auto.” Cuando llega subo y ya en marcha se saca el
cuello romano, lo guarda en la guantera. Empieza a dar vueltas por
Buenos Aires, ninguna telefónica le servía. “Nadie tiene que
reconocerme.” Terminamos en Avellaneda en una casucha telefónica. En la
cabina disca y habla directamente con el general. El alma me estaba
volviendo al cuerpo. Le explica muy brevemente y me pasa el teléfono. Me
presento, ¡no podía creerlo, se acordaba de mí! Hacía unos meses
habíamos conversado en Roma. (Éramos unos 36 mil jesuitas en el mundo.).
Le pedí que pidiera a la Santa Sede que enviara telegramas al
Presidente, ministros del Interior y Defensa y a las FF.CC.
El
lunes a primera hora llegaron todos los telegramas. Siguieron liberando
a los laicos, los jesuitas y el martes por la mañana sin más trámite a
Pérez Aguirre y Meharu.
Pasaron muchos años. En 1997,
imprevistamente, me viene a ver Juan Luis Moyano, el viceprovincial
argentino de los jesuitas, para pedirme que reciba a Orlando Yorio, uno
de los jesuitas argentinos, junto a Francisco Jalics, secuestrado en
1976, de quienes tanto se ha hablado en los últimos días. Ambos, junto a
Luis Dourron fueron mis compañeros y amigos durante los años de
seminario. Jalics se radicó en Alemania, hasta hoy. Nunca escuché una
sola palabra de reproche ni resentimiento en privado o en público contra
el hoy Papa Francisco. En cambio Yorio, recuperada la democracia,
volvió a la Argentina y fue nombrado párroco en Berazategui.
Un día, sufrió un atentado, pero quien resultó muerto fue su teniente cura, un joven sacerdote.
Instalamos
a Yorio en una casita en la Costa de Oro y al poco tiempo Mons.
Gottardi le confió la parroquia de Santa Bernardita, en Avenida Italia.
Nos volvimos a tratar con frecuencia y conversamos mucho. Falleció tres
años más tarde, el 9 de agosto de 2000.
Hay quienes hacen
gárgaras con los dolores ajenos. Que se animen a presentar pruebas y no
suspicacias, el que se sienta libre de errores que acuse con evidencias.
Siento a Francisco como uno más de nosotros. ¿No era eso lo que
queríamos? ¿O esperábamos al Arcángel Gabriel?"
http://blogs.avui.cat/jaumepubill/