Antes de que el mundo se incendiara, Viktor Emil Frankl era un exitoso neurólogo y psiquiatra en Viena. Tenía 37 años, estaba recién casado con Tilly, el amor de su vida, y acababa de terminar un manuscrito revolucionario que cambiaría la psicología moderna.
A medida que la sombra de la Alemania nazi se cernía sobre Austria, los judíos comenzaron a ser arrestados y deportados. Viktor, gracias a su reputación internacional, recibió un regalo que millones habrían asesinado por tener: una visa para emigrar a Estados Unidos. Su escape estaba asegurado. Su carrera estaba a salvo.
Sin embargo, sus padres ancianos no podían obtener visas. Si él se iba, ellos se quedarían solos, esperando la deportación hacia una muerte segura. Se enfrentaba a la decisión moral más difícil de su existencia. Una tarde, regresó a casa dudando qué hacer, y encontró a su padre llorando frente a un pedazo de mármol sobre la mesa. Su padre le explicó que lo había rescatado de las ruinas de la sinagoga principal de Viena, incendiada por los nazis. El mármol tenía grabada una sola letra hebrea, que correspondía a uno de los Diez Mandamientos: "Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra".
Viktor miró el mármol, miró a su padre, y tomó su decisión. Dejó que su visa estadounidense expirara. Rompió su billete a la libertad para caminar hacia el abismo junto a los suyos.
En septiembre de 1942, Viktor, su esposa y sus padres fueron arrestados y enviados a los campos de concentración. Eventualmente, Viktor fue trasladado a Auschwitz.
A su llegada, se enfrentó a la aterradora "selección". Un oficial de las SS (el infame Josef Mengele) movía su dedo índice hacia la derecha o hacia la izquierda. Derecha significaba trabajo esclavo; izquierda significaba las cámaras de gas inmediatas. Viktor fue enviado a la derecha.
En los barracones de desinfección, le ordenaron desnudarse. Viktor llevaba su preciado manuscrito escondido en el forro interior de su abrigo. Intentó suplicarle a un viejo prisionero que lo ayudara a conservarlo, explicándole que era el trabajo científico de toda su vida. El prisionero lo miró con lástima y se burló de él. Le arrebataron el abrigo, la ropa, sus documentos, su identidad. Su cabeza fue rapada. En su brazo, le tatuaron el número 119104. Viktor Frankl había dejado de existir; ahora era solo una herramienta reemplazable destinada a morir congelada o de hambre en el fango de Polonia.
Estaba solo. No sabía si su esposa estaba viva o si había sido enviada a las chimeneas que humeaban a lo lejos. La desesperación comenzó a quebrar su mente. El sufrimiento humano a su alrededor era tan absoluto que la mayoría de los prisioneros se lanzaban contra las cercas electrificadas durante la noche para acabar con su tormento.
A medida que la sombra de la Alemania nazi se cernía sobre Austria, los judíos comenzaron a ser arrestados y deportados. Viktor, gracias a su reputación internacional, recibió un regalo que millones habrían asesinado por tener: una visa para emigrar a Estados Unidos. Su escape estaba asegurado. Su carrera estaba a salvo.
Sin embargo, sus padres ancianos no podían obtener visas. Si él se iba, ellos se quedarían solos, esperando la deportación hacia una muerte segura. Se enfrentaba a la decisión moral más difícil de su existencia. Una tarde, regresó a casa dudando qué hacer, y encontró a su padre llorando frente a un pedazo de mármol sobre la mesa. Su padre le explicó que lo había rescatado de las ruinas de la sinagoga principal de Viena, incendiada por los nazis. El mármol tenía grabada una sola letra hebrea, que correspondía a uno de los Diez Mandamientos: "Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra".
Viktor miró el mármol, miró a su padre, y tomó su decisión. Dejó que su visa estadounidense expirara. Rompió su billete a la libertad para caminar hacia el abismo junto a los suyos.
En septiembre de 1942, Viktor, su esposa y sus padres fueron arrestados y enviados a los campos de concentración. Eventualmente, Viktor fue trasladado a Auschwitz.
A su llegada, se enfrentó a la aterradora "selección". Un oficial de las SS (el infame Josef Mengele) movía su dedo índice hacia la derecha o hacia la izquierda. Derecha significaba trabajo esclavo; izquierda significaba las cámaras de gas inmediatas. Viktor fue enviado a la derecha.
En los barracones de desinfección, le ordenaron desnudarse. Viktor llevaba su preciado manuscrito escondido en el forro interior de su abrigo. Intentó suplicarle a un viejo prisionero que lo ayudara a conservarlo, explicándole que era el trabajo científico de toda su vida. El prisionero lo miró con lástima y se burló de él. Le arrebataron el abrigo, la ropa, sus documentos, su identidad. Su cabeza fue rapada. En su brazo, le tatuaron el número 119104. Viktor Frankl había dejado de existir; ahora era solo una herramienta reemplazable destinada a morir congelada o de hambre en el fango de Polonia.
Estaba solo. No sabía si su esposa estaba viva o si había sido enviada a las chimeneas que humeaban a lo lejos. La desesperación comenzó a quebrar su mente. El sufrimiento humano a su alrededor era tan absoluto que la mayoría de los prisioneros se lanzaban contra las cercas electrificadas durante la noche para acabar con su tormento.
Durante los siguientes tres años, Viktor fue sometido a un brutal trabajo esclavo, cavando zanjas en la tierra congelada, alimentado solo con agua sucia y un trozo de pan duro al día. Sus zapatos se desintegraron y sus pies se llenaron de llagas sangrantes.
Como psiquiatra, Viktor comenzó a observar la muerte desde una perspectiva científica y humana. Notó una anomalía fascinante: los hombres más robustos y físicamente más fuertes a menudo eran los primeros en desplomarse, enfermar de tifus y morir. Sin embargo, algunos hombres de constitución frágil, intelectuales delgados que parecían no aguantar ni un día, lograban sobrevivir mes tras mes en condiciones infrahumanas.
¿Por qué? Viktor descubrió que la diferencia no estaba en la carne, sino en el espíritu. Los que sobrevivían eran aquellos que mantenían un mundo interior rico y, sobre todo, aquellos que tenían un "porqué". Algunos vivían por la esperanza de volver a ver a un hijo que había sido enviado al extranjero; otros, por la férrea voluntad de completar un trabajo intelectual o científico una vez libres. Los que perdían la fe en su futuro estaban condenados; sus cuerpos se apagaban apenas su mente se rendía.
Viktor necesitaba un porqué. Así que comenzó a reescribir su manuscrito perdido en su mente. Cada noche, en la oscuridad del barracón apestoso, repasaba capítulos enteros en su cabeza. Cuando conseguía minúsculos trozos de papel de desecho en su lugar de trabajo, anotaba palabras clave con pequeños trozos de carbón. Su propósito de vida se convirtió en entregarle al mundo esta nueva psicología del sufrimiento.
En medio del horror, Viktor comenzó a usar sus descubrimientos para ayudar a otros. Hablaba con prisioneros que estaban al borde del suicidio. Les recordaba que la vida todavía esperaba algo de ellos.
Fue en este abismo donde Viktor destiló su filosofía en una frase monumental, una verdad irrefutable forjada en el fuego de la tragedia. Se dio cuenta de que los guardias de las SS podían controlar qué comía, dónde dormía, si le golpeaban o si lo mataban. Pero no podían controlar lo que pasaba dentro de su cabeza.
En abril de 1945, las tropas estadounidenses liberaron el campo donde Viktor se encontraba. Había sobrevivido. Pesaba apenas 38 kilos y sufría de tifus, pero estaba libre. Regresó a Viena con la ilusión frenética de reencontrarse con su esposa Tilly.
Al llegar, la cruel realidad lo golpeó de frente. Sus vecinos le informaron que su madre había sido asesinada en las cámaras de gas de Auschwitz. Su padre había muerto de agotamiento en Theresienstadt. Su hermano había sido asesinado. Y, el golpe más devastador: su amada Tilly, de tan solo 24 años, había muerto de tifus en el campo de Bergen-Belsen poco después de la liberación. Estaba completamente solo en el mundo.
El hombre que había sobrevivido al Holocausto estuvo a punto de sucumbir a la depresión en la libertad. Sentía que ya no había ningún "porqué" para él. Pero entonces, recordó los trozos de papel guardados en los bolsillos de su uniforme a rayas. Recordó a los miles de hombres que vio morir sin esperanza.
Viktor se encerró en una pequeña habitación en Viena. Durante nueve días consecutivos, dictando a varias secretarias que lloraban sin parar al escucharlo, volcó todos sus recuerdos y toda su teoría psiquiátrica en un libro. Lo tituló originalmente "Un psicólogo en un campo de concentración", pero el mundo lo conocería después como "El hombre en busca de sentido".
En ese libro, plasmó la frase que lo haría inmortal: "Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas — la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias".
Como psiquiatra, Viktor comenzó a observar la muerte desde una perspectiva científica y humana. Notó una anomalía fascinante: los hombres más robustos y físicamente más fuertes a menudo eran los primeros en desplomarse, enfermar de tifus y morir. Sin embargo, algunos hombres de constitución frágil, intelectuales delgados que parecían no aguantar ni un día, lograban sobrevivir mes tras mes en condiciones infrahumanas.
¿Por qué? Viktor descubrió que la diferencia no estaba en la carne, sino en el espíritu. Los que sobrevivían eran aquellos que mantenían un mundo interior rico y, sobre todo, aquellos que tenían un "porqué". Algunos vivían por la esperanza de volver a ver a un hijo que había sido enviado al extranjero; otros, por la férrea voluntad de completar un trabajo intelectual o científico una vez libres. Los que perdían la fe en su futuro estaban condenados; sus cuerpos se apagaban apenas su mente se rendía.
Viktor necesitaba un porqué. Así que comenzó a reescribir su manuscrito perdido en su mente. Cada noche, en la oscuridad del barracón apestoso, repasaba capítulos enteros en su cabeza. Cuando conseguía minúsculos trozos de papel de desecho en su lugar de trabajo, anotaba palabras clave con pequeños trozos de carbón. Su propósito de vida se convirtió en entregarle al mundo esta nueva psicología del sufrimiento.
En medio del horror, Viktor comenzó a usar sus descubrimientos para ayudar a otros. Hablaba con prisioneros que estaban al borde del suicidio. Les recordaba que la vida todavía esperaba algo de ellos.
Fue en este abismo donde Viktor destiló su filosofía en una frase monumental, una verdad irrefutable forjada en el fuego de la tragedia. Se dio cuenta de que los guardias de las SS podían controlar qué comía, dónde dormía, si le golpeaban o si lo mataban. Pero no podían controlar lo que pasaba dentro de su cabeza.
En abril de 1945, las tropas estadounidenses liberaron el campo donde Viktor se encontraba. Había sobrevivido. Pesaba apenas 38 kilos y sufría de tifus, pero estaba libre. Regresó a Viena con la ilusión frenética de reencontrarse con su esposa Tilly.
Al llegar, la cruel realidad lo golpeó de frente. Sus vecinos le informaron que su madre había sido asesinada en las cámaras de gas de Auschwitz. Su padre había muerto de agotamiento en Theresienstadt. Su hermano había sido asesinado. Y, el golpe más devastador: su amada Tilly, de tan solo 24 años, había muerto de tifus en el campo de Bergen-Belsen poco después de la liberación. Estaba completamente solo en el mundo.
El hombre que había sobrevivido al Holocausto estuvo a punto de sucumbir a la depresión en la libertad. Sentía que ya no había ningún "porqué" para él. Pero entonces, recordó los trozos de papel guardados en los bolsillos de su uniforme a rayas. Recordó a los miles de hombres que vio morir sin esperanza.
Viktor se encerró en una pequeña habitación en Viena. Durante nueve días consecutivos, dictando a varias secretarias que lloraban sin parar al escucharlo, volcó todos sus recuerdos y toda su teoría psiquiátrica en un libro. Lo tituló originalmente "Un psicólogo en un campo de concentración", pero el mundo lo conocería después como "El hombre en busca de sentido".
En ese libro, plasmó la frase que lo haría inmortal: "Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas — la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias".
El libro se tradujo a más de 24 idiomas y vendió decenas de millones de copias, convirtiéndose en uno de los diez libros más influyentes del siglo XX. Viktor Frankl no solo reconstruyó su vida, volvió a casarse y tuvo una hija, sino que se dedicó a viajar por el mundo sanando las mentes de veteranos de guerra, víctimas de traumas y personas con depresión profunda a través de su "Logoterapia".
Falleció en 1997 a los 92 años. A veces la historia no la cambian los imperios ni los ejércitos ganadores... la cambian las personas que deciden escuchar su conciencia, mirar a la más profunda oscuridad y decidir, con un acto de rebeldía sublime, encender una luz que nunca se apagará.
Falleció en 1997 a los 92 años. A veces la historia no la cambian los imperios ni los ejércitos ganadores... la cambian las personas que deciden escuchar su conciencia, mirar a la más profunda oscuridad y decidir, con un acto de rebeldía sublime, encender una luz que nunca se apagará.

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