Este es el artículo, publicado en The Times, que ha causado el despido de John Carlin de El País.
"Independencia de Cataluña: la arrogancia de Madrid explica este caos"
JOHN CARLIN
Los catalanes ya han llegado a su límite de aguante tras tres siglos
de agravios, pero la intransigencia del gobierno español es, en última
instancia, la culpable de la crisis actual.
Poco antes de que el rey de España se dirigiera a
la nación esta semana, algunos de sus súbditos más racionales esperaban
que, tal vez, pudiera elevarse por encima de la mezquindad de la clase política de Madrid.
Pensaban que podía ofrecer una visión generosa de cómo resolver la
crisis causada ante el creciente clamor por la independencia catalana.
No hubo suerte. Al final de su discurso de seis minutos, Felipe VI sólo había empeorado las cosas.
Fotos de tres Diadas del 11 de septiembre (dia nacional de Catalunya) de estos últimos años, para pedir la independència
Rígido en su porte, con frialdad en su tono, no construyó puentes, cavó trincheras.No lamentó la violencia policial durante la celebración del pasado
domingo de un referéndum en Cataluña, tan perjudicial también para la
imagen exterior de su país; denunció la “irresponsabilidad” y el
“desprecio” del gobierno catalán elegido por los catalanes y amenazó con más violencia.
La “responsabilidad de los poderes legítimos del Estado”, advirtió el
rey, es la de “garantizar el orden constitucional”, forma codificada de
decir que si el gobierno catalán cumple su promesa de declarar la
independencia unilateral, se enviarán los tanques.
Hablando en nombre no de la nación, sino del gobierno central, se limitó a imitar cómo el ministro Mariano Rajoy ha actuado durante estos últimos cinco años: abdicó de su responsabilidad
y, ajeno a lo que estaba haciendo, abdicó también como soberano en los
corazones de los cada vez más amargados 7.5 millones de catalanes, el
80% de las cuales están a favor del derecho al voto sobre la
independencia.
Antes del domingo, varias encuestas indicaban que el voto
secesionista en Cataluña se situaba entre el 40 y el 50 por ciento. No
cabe duda de que esos números han aumentado desde entonces. Como dijo un
amigo británico que conoce bien la política española, minutos después
del discurso del rey, “aumentó en otros diez puntos el número de los independentistas “. Así es, agregándose a los diez o más que se habían sumado después de los apaleamientos de la policía del domingo pasado.
DESPLIEGUE LENTO HACIA EL DESASTRE
Tengo un interés más que académico en este despliegue lento hacia el desastre.
Mi madre es española, de Madrid. Viví 15 años en Cataluña hasta que me
mudé a Londres, hace cuatro años, pero siempre he querido regresar y solicitar un pasaporte español después del referéndum sobre el Brexit. Me encanta España, así que estoy contra la independencia catalana, pero nunca he amado la política española, especialmentela peligrosa cepa autoritaria representada por la gente en el poder
hoy y compartida por gran parte de la clase política madrileña. Nunca
he olvidado una conversación que tuve hace 15 años con un hombre que
sigue siendo un pilar de ese régimen. “No soporto a los catalanes”, exclamó. “Siempre quieren hacer un trato. ¡No tienen principios, por Dios! ¡No hay principios!”
Es el aferramiento de Madrid a sus sagrados principios lo que nos ha
llevado al peligroso desorden de hoy. También explica lo que, para la
mente anglosajona, parece ser la inexplicable negativa del gobierno de
Rajoy a tratar de resolver el problema a través de la mediación
internacional o el diálogo de cualquier tipo. “Principios” en el
contexto catalán significa la Constitución española, que no permite un
referéndum sobre la soberanía de Cataluña.Uno podría pensar que una Constitución, siendo un documento humano, necesariamente falible, estaría abierta al cambio a medida que las circunstancias cambiasen. No en la cuestión catalana; no para Rajoy.
Miguel de Unamuno, célebre escritor español del siglo pasado, lamentó lo que veía como un espíritu político nacional contaminado “por los cuarteles y la sacristía”. Mi opinión ha sido desde hace mucho tiempo queel hábito de pensamiento intransigente exhibido por la clase política
de España es la herencia de 500 años de absolutismo católico.
El catolicismo español era, para la cristiandad en general, lo que el
Islam saudí es para el mundo musulmán de hoy: el más resistente a la
influencia filosófica, política, cultural o científica exteriores. No
creo que sea un accidente que no haya traducción en español, o en árabe,
de la palabra inglesa “compromise”. El concepto de “cedo un poco y tú
cedes un poco para que ambos acabemos ganando” es ajeno a la mente
política española.
Es por eso que el imperio español perdió Cuba en 1898, y antes California y el resto de lo que ahora es el oeste de los Estados Unidos.
Es la razón principal por la que, sobre la cuestión catalana, el
gobierno de centro-derecha del Partido Popular de Rajoy y la clase
política madrileña han logrado lo contrario de lo que pretenden:
en lugar de trabajar para preservar la unidad de España, alientan al
pueblo catalán y echan combustible al camino hacia la independencia.
POLÍTICOS DE TERCERA CATEGORÍA
En pocas palabras, son políticos de tercera categoría. La primera
regla para la resolución inteligente de una disputa como la del problema
catalán es conocer a tu enemigo: ponerse en sus zapatos, tratar de
entender por qué piensan de la manera que lo hacen y, luego, tratar de persuadirlos de que se acerquen a tu punto de vista, o al menos para encontrarte en medio del camino. En La lucha por Cataluña, un nuevo libro del corresponsal del New York Times en
España, Raphael Minder, acaba con la siguiente nota: los pueblos de
España no se unirán, escribe Minder, mientras la clase política de
Madrid no haga ningún esfuerzo por “comprender los sentimientos expresados por cientos de miles de personas en las calles de Barcelona”.
Los sentimientos nacionalistas catalanes se remontan al menos a 300
años atrás. El 11 de septiembre de 1714, al final de la guerra de
sucesión española, Barcelona cayó tras un largo asedio ante el ejército
de Felipe V, el primer rey Borbón de España.Su homónimo actual podría haber tenido un poco más de tacto en su discurso esta semana,
y hubiera podido recordar que esta gloriosa derrota, el Dunkerque
catalán, marca hoy la fecha de la fiesta nacional anual de Cataluña. Se
trata de una conmemoración del heroísmo suicida de los defensores de la
ciudad, pero también un recordatorio de la opresión que sufrieron bajo
Felipe V, un gobernante absoluto que demolió una quinta parte de la
ciudad, cerró el parlamento catalán y las universidades y prohibió al
catalán en la administración.
Otro gobernante absoluto de memoria más reciente,Francisco Franco,
avivó las llamas del agravio nacionalista llevando a cabo medidas
asombrosamente similares después de que asumiera el poder por la fuerza
en 1939, después de la victoria de sus fuerzas fascistas en la guerra
civil española. Además de las ejecuciones por fusilamiento de los principales políticos catalanes y de otros tantos miles de personas,
también suprimió el lenguaje local, principal emblema de la identidad
catalana. Bajo el gobierno de Franco, los padres no podían dar a sus
hijos nombres catalanes como Jordi o Josep. El generalísimo optó por
considerar al catalán como un dialecto, algo tan insultante como
erróneo: el catalán es un idioma, tanto como el español, el francés y el
italiano.
Una herencia de la era franquista que sigue agitando la olla nacionalista es el desdén por el catalán entre otros españoles.
Se acompaña de una aversión por los catalanes en general, que muchos
optan por considerar como estirados y creídos, cuando la verdad es,
creo, que son simplemente tímidos. Pero el nacionalismo es un
sentimiento, un resentimiento a fuego lento hacia un vecino percibido
como abusador. El nacionalismo no es un plan. La independencia sí lo es. Lo que vemos hoy es cómo uno ha evolucionado hacia el otro y en una escala nunca antes vista. Muchos
de los que en otro tiempo eran simplemente nacionalistas de corazón,
plenos de sentimientos, son ahora militantes activos por la
independencia.
UNA REACCIÓN NACIONALISTA ESPAÑOLA
Los años 2006, 2010 y 2012 marcan la progresión. En 2006, el voto pro-independencia representaba apenas el 15% de la población.
Una decisión tomada ese año dio esperanzas de que la cifra se redujera:
no sólo el Parlamento catalán de Barcelona, sino el parlamento
nacional de Madrid, votaron a favor de un nuevo estatuto que definía a
Cataluña como nación y le otorgaba mayor autonomía de la que había
disfrutado desde la muerte de Franco en 1975. Esto incluía el dotar a
Cataluña de un mayor grado de independencia judicial.
Los retrasos en la aplicación del estatuto dieron tiempo para una reacción nacionalista española. En 2010, el Partido Popular de Rajoy, entonces en oposición, sucumbió a la tentación que provocó la explosión del independentismo catalán y que ha llevado a la crisis actual:buscar votos en el resto de España, haciendo campaña contra el estatuto
catalán, llevándolo al notoriamente politizado Tribunal Constitucional,
donde fue anulado.La ley derrotó a la política, lo que fue el precedente que sigue obstaculizando una solución del problema hoy.
En 2012, lo que entonces era el gobierno de centro-derecha catalán,
sin embargo trató de encontrar un acercamiento a Rajoy, que se había
convertido en primer ministro el año anterior. Buscó la negociación para
tratar de obtener concesiones fiscales en la línea de las concedidas al
País Vasco, cuyo gobierno tiene una autoridad mucho mayor sobre la
recaudación y distribución del dinero de los impuestos. Pero Rajoy los
rechazó. Si se suma la crisis económica y el alto desempleo a la
indignación de los catalanes comunes por el trato despectivos que
sentían que habían recibido, el resultado fue la mayor protesta que
nadie en Cataluña podría recordar. En la fiesta nacional del 11 de septiembre, un millón de personas salieron a las calles de Barcelona.
Lo que pidieron fue entonces un referéndum de independencia legalmente vinculante, y la esperanza creció después de que el gobierno británico accediera precisamente a tal cosa en Escocia,
en 2014. Pero el gobierno de Rajoy no se movió. La ley era la ley. El
pragmatismo era para él una palabra griega ininteligible. Era como si se
apropiara del consejo que Franco le había dado una vez al editor de un
periódico afín: “Haz como yo, no te involucres en política”.
Pero los catalanes estaban, al contrario, haciendo mucha política, y
en 2015 una coalición pro-independencia, encabezada por Carles
Puigdemont, llegó al poder por un delgado margen en el parlamento
catalán. Con lo cual la retórica de ambos lados se puso más enconada, y
el clima político más hostil.
El gobierno de Rajoy y sus partidarios en los medios de comunicación
han retratado al “pelo de fregona” Puigdemont y a sus camaradas
radicales como irresponsables e infantiles, pero ha sido difícil evitar
la conclusión de que, de ser así, los políticos supuestamente adultos en Madrid han descendido al mismo nivel.
El ministro de Educación echó más leña al fuego indicando su intención
del gobierno de “españolizar” a los niños catalanes; el ministro de
Relaciones Exteriores hizo lo mismo cuando acusó al gobierno catalán de
“levantamiento” y “golpe de Estado”. Felipe González, ex primer ministro socialista, los superó a ambos en un artículo en El País en el que comparó el movimiento de independencia con “la aventura alemana o italiana” de los años treinta.
Las cosas podrían haber sido muy diferentes, tan fáciles, empezando por que el Partido Popular hubiera reprimido el impulso vengativo que lo llevó a anular el estatuto de autonomía
a través de los tribunales. Incluso si no hubiera sido así, las
protestas callejeras masivas dos años más tarde dieron otra oportunidad.
Si Rajoy tuviera un algo de estadista, podría haber ido a
Barcelona, discutido conciliadoramente y ofrecido diálogo al gobierno
catalán, menos militante y más flexible, que entonces estaba en
el poder. Los aplausos habrían resonado alrededor del pasillo y los
radicales de Puigdemont probablemente habrían también aplaudido.
FANÁTICOS ESPAÑOLES Y ROMÁNTICOS CATALANES
El peligroso enfrentamiento actual entre los fanáticos españoles y los románticos catalanes nunca habría ocurrido si, junto con el cambio en el fondo de la actitud, el
resultado de las conversaciones hubiera sido la concesión de un
referéndum vinculante como el que Escocia realizara hace tres años.
Los catalanes dicen de sí mismos que dos emociones compiten en sus
corazones, seny y rauxa: el sentido común y la pasión furiosa. Son, por
tradición mediterránea una antigua nación que negocia. Cuando no están enojados, como ahora, son las personas más prácticas de la tierra.
Un referéndum celebrado hace un par de años habría producido con toda
probabilidad un “no” sustancial a la independencia de España y, como
sucedió en Quebec, el tema habría sido puesto a enfriar por lo menos
durante una generación.
En cambio, lo que tenemos ahora es el absurdo cruel del gobierno de Madrid actuando hacia los catalanes como un marido que odia a su esposa y la maltrata, negándose a contemplar como ella le abandona, gritando “¡Ella es mía!”.
¿Que pasa ahora? Puigdemont ha dicho que hará una declaración unilateral de independencia, pero su demora en hacerlo indica un miedo completamente realista a las represalias más violentas de Madrid,
de ahí su deseo declarado de mediación a la UE, hasta ahora rechazado.
Tal declaración no significaría más que el resultado del “referéndum”
unilateral: sería más bien teatro político. Cataluña no es una pequeña isla del Pacífico, suficiente por sí misma. Forma parte de España y forma parte de la Unión Europea. Un Catexit duro, en una noche, simplemente no es posible. Puigdemont está jugando un juego de alto riesgo.
El gobierno español podría ver, sin embargo, que está jugando un
juego, si lo deseara, y reaccionar proporcionalmente: vigilar y esperar
un poco, reconocer que el clamor por la independencia catalana
tiene un apoyo significativo detrás de él, y acceder a las
conversaciones. La “esposa”, en este escenario, podría aceptar aún a algunas proposiciones. Rajoy podría hacer lo que debería haber hecho hace cinco años y aceptar un referéndum vinculante. En el caso de una victoria para el voto “sí”, el orden – al menos el
orden del tipo que ahora se encuentra en el Brexit de Gran Bretaña –
sería restaurado. Madrid, habiendo dado su bendición legal al
referéndum, tendría que soportar con los dientes apretados el resultado.
En el caso de una victoria del “no”, el problema estaría resuelto.
Sin embargo, ni hablar de eso. Tal y como están las cosas, lo más probable es que triunfe la inquietante defensa del “orden constitucional” por “las fuerzas estatales legítimas”.
Luis de Guindos, ministro de Economía, mostró lo inflexible que es el
gobierno español cuando dijo en una entrevista televisiva, el jueves
pasado, que la independencia catalana estaba “fuera de consideración”
porque era, en primer lugar, “ilegal” y, segundo, “irracional “:”
Cataluña siempre ha sido parte de España “.
Una parte de mí todavía se aferra a la mota de esperanza que sentí
antes del discurso del rey, que tal vez la UE vaya a intervenir y hacer
entrar en razón a los líderes españoles. Pero es más probable que lo
hagan sólo después de que muelan a palos a más catalanes, momento en el que puede ser demasiado tarde. Una muerte a manos de la policía del rey, un mártir por la causa catalana, y cualquier cosa podría suceder.
Rajoy llama a Puigdemont traidor, pero si el conflicto se inclina hacia
la violencia generalizada, y si Catalunya finalmente consigue la
independencia, la historia puede registrar que el traidor más grande fue Rajoy.
>>Llibres, història i assaig del s. XX- (ressenya d'aquest interessant llibre de John Carlin, entre d'altres autors) Un llibre que us recomanem, redactat en llenguatge àgil i periodístic. Per soposat hi ha versió castellana.
(Opinión respecto a este excelente artículo:
"Pero el nacionalismo es un
sentimiento, un resentimiento a fuego lento hacia un vecino percibido
como abusador." - No puedo estar de acuerdo, es un afirmarse en las propias características para arraigarse y proponer un plan de futuro diferente. Existe por sí mismo, pero se exaspera si se percibe un maltrato diferencial respecto a las aspiraciones.)
(Aquest post ha rebut 694 visites. Publicat per primer cop a la Cuca de Llum el 20.03.2018)
UN DELS TEMES ABORDATS ÉS LA MANCA DE LLIGAM I DE COMPROMÍS ENTRE L'ELEGIT I L'ELECTOR A CATALUNYA ( I A ESPANYA ) PER LES CARACTERÍSTIQUES DE LA LLEI ELECTORAL:
Publicado en la Cuca de Llum el lunes 23.febrero.2026
(He colgado este vídeo hoy lunes 23.02 hacia las 12h. Ahora son las 22:30 y veo que han suprimido el vídeo y cerrado el canal. Afortunadamente hice un resumen de las ideas principales)
Canadá ha estado negociando en secreto durante un largo trámite de seis meses para que el Banco del Canadá i Banco Central Europeo lo preparen. Nada se ha filtrado a la prensa. Cuando hace tres días, el pasado viernes 20 febrero 2026 a las 18:47h. se anunció en público, ya estaba operativo.
Canadá y la UE han firmado una "Asociación estratégica de energía y minerales críticos entre Canadá y la UE" para vender: petróleo crudo, gas licuado, uranio, litio, cobalto, níquel y minerales de tierras raras para ser suministrados a Europa a precios garantizados y plazos confiables durante 20 años. Los importes en los primeros 15 años se estima entre 180.000 millones y 225.000 millones.
La cláusula n.7 define que las transacciones se harán en dólares canadienses o en euros, se excluye el dólar americano.
El poder americano se basa entre otras cosas en el hecho de que TODO el comercio mundial se realiza en dólares. La fortaleza que esto significa para esta moneda permite a USA tener hipotecas más baratas, y vender deuda de estado de EEUU a precios competitivos. El dólar no va a caer de golpe, comenta el vídeo que será un suave declive.
(Se recomienda revisar alguno de los artículos de esta pequeña blog sobre "història del diner". Verán cómo desde Bretton Woods y los acuerdos con los estados árabes para que el petróleo fuera vendido en dólares, ha dado tal fortaleza económica a esta moneda, que le ha permitido estos 80 años de dominio en el planeta. Cuca de Llum)
MÁS INFO SOBRE LA HISTORIA DEL DOMINIO DEL DÓLAR Y REALIDAD ACTUAL:
(L'editorial simula que parla amb Gabriel Rufian, que ara dubta si és el moment de ésser independentista, ves quines coses...)
""....allò que compartim? Pedro Sánchez
no és una promesa que no sabem com eixirà, és un govern amb recorregut i
fets consolidats. Fa anys que mana. I, en relació amb Catalunya, les
coses continuen exactament on les va deixar Mariano Rajoy.
El dret d’autodeterminació continua essent una línia vermella. La
repressió continua. El 155 que Sánchez va fer possible continua enganxat
a l’administració. L’exili encara hi és: a Bèlgica i a Catalunya Nord.
Els trensno van. El Pegasus encara espia. L’espoliació fiscal creix de
manera monstruosa. Les inversions promeses? Com si sentissen ploure.
L’ensenyament i la sanitat no poden més. El català no és la llengua
natural, sinó que és amenaçada més que mai per tot de lleis i tribunals.
I les promeses grandiloqüents han acabat essent totes mentides o
burles. O no? Una pregunta tan sols: on és aquella taula de diàleg sense
la qual vós mateix, senyor Rufián, juràveu el gener del 2020 que no
votaríeu mai Pedro Sánchez?""
(En tenim més de problemes greus: l'habitatge, la immigració, la multireincidència, els okupes que tenen més drets que el propietari, la seguretat ciutadana...Cuca de Llum)
República, la res publica o «cosa pública» dels romans, la πολιτεία (politeía)
de l’antiga Grècia, la comunitat de ciutadans d’una polis, amb el temps
derivada en «forma de govern en què el cap d’estat té caràcter electiu i
no hereditari» (definició del DIEC). La república, un anhel de la
ciutadania catalanesca des de temps immemorials. No debades, els
agermanats valencians somiaven a convertir l’antic Regne en una
República a imitació de la de Venècia. Aquest era l’aspiració del seu
ideòleg, el paraire Joan Llorenç. Però la Germania (1520-1522) fracassà,
fracassà manu militari, i fracassà aquell intent d’alliberar
el poble de València del mal govern exercit per la tirania
aristocràtica, contra el qual s’aixecà la burgesia i el poble menut.
Triomfà aleshores una forma autoritària —absolutista— d’entendre el
regiment de l’estat, o «cosa pública», que, als Països Catalans, la
instal·lació de reis estrangers havia de pertorbar la relació
tradicional entre el monarca i els seus súbdits com era entesa des dels
temps dels seus monarques privatius. Recordeu el que li etzibà Alfons
III el Benigne a la seva segona esposa, la castellana Elionor (filla de
Ferran IV de Castella): «el nostre poble és franc e no és així subjugat
com és lo poble de Castella; car ells tenen a nós com a senyor, e nós a
ells com a bons vassalls e companyons». La frase la recull la Crònica
del fill d’Alfons III, Pere III el Cerimoniós. Poble franc (lliure), de
bons vassalls i companyons, vet ací la gran diferència —en boca d’una
testa coronada— que separa històricament la catalanitat política de
l’espanyolitat. Ras i curt, som, els catalans, un poble que s’ha estimat
la llibertat, que proclamaven amb orgull i feien seva els seus sobirans
nacionals i que, malgrat la pèrdua de la independència, mai no ha
deixat de reivindicar.
Poble de «companyons» del sobirà, la
coexistència de monarquia i llibertats públiques va ser possible en
temps de la monarquia nacional, la del vell casal dels comtes de
Barcelona que lluïen la senyera dels quatre pals de gules sobre or, i
aquesta monarquia autòctona, decididament catalanòfona, configurà un
marc constitucional —o digueu-li foral— que permeté, com apunta Joan
Fuster al pròleg de la Crònica de Ramon Muntaner (Edicions 62,
1979), que un grup ètnic prengués consciència de la seva entitat. I
continua Fuster: «els ‘súbdits’ van començar a sentir-se ‘uns’ amb el
seu rei i, de retop, a sentir-se ‘uns’ ells amb ells». Rei (però rei
català), terra, llengua i llibertats col·lectives, configuren les
afinitats primàries que forjaren la identitat nacional catalana en els
temps que el nacionalisme a Europa encara estava en les beceroles.
Vet ací el perquè de la figura d’un Muntaner, el cronista que escrivia
com un «nacionalista», quan a Europa —torno a citar Fuster— «les futures
‘nacions’ del nostre continent encara eren de bolquers». Així, com
explica l’historiador francès Pierre Vilar (l’autor del magnífic llibre La Catalogne dans l’Espagne moderne,
1964), Catalunya, entre 1250 i 1350, era l’únic lloc del món en què es
podia aplicar el terme «estat-nació» a la moderna. Dissortadament
(dissortadament per al futur polític dels catalans), la monarquia
nacional s’exhaurí; més aviat fou tallada en sec a Casp el 24 de juny de
1412. Els reis que vingueren després, estrangers de cos i ànima, mai no
es naturalitzaren al país: els Trastàmara (Ferran I, Alfons IV, Joan II
i Ferran II) sempre foren, en fets i delers, castellans. Ferran II, de
vocació castellanota, malgrat que a Castella arribaren a etzibar-li que
era un catalanote, malbaratà la Corona d’or i gules en pro de
la seva ambició de ser rei dels castellans. A Segòvia, quan encara era
príncep catalanoaragonès, acordà la supremacia castellana en la pràctica
i en els blasons de la futura unió dinàstica. Data infausta aquella (15
de gener de 1475), quan el futur rei de catalans i aragonesos (el seu
pare, Joan II, traspassaria a Barcelona, el 19 de gener de 1479) acordà
amb la seva muller, la reina Isabel I de Castella, la primacia del regne
mesetari (les armes de Castella i Lleó, com ara encara es representen,
per davant de les de Catalunya i Aragó). Els catalans, sobretot els de
Catalunya Principat, es refugiaren aleshores en el «pactisme»,
renunciaren al poder real, a ser un estat, a això que metafòricament
l’historiador Jaume Vicens i Vives (Notícia de Catalunya, 1954)
anomenà «el Minotaure». D’ací prové —i cito Vicens i Vives— «una
decepció històrica sensacional: la d’un poble que es troba sense
voluntat de Poder, sense ganes d’ocupar-ne el palau i de manejar-ne cap
de les palanques». I així sembla —ai llas!— continuem.
Ferran II, ja major, se n’adonà —val a
dir-ho— de l’empastrada. La Castella que tant s’estimava li girà
l’esquena i, tornat a Catalunya (1506), desenganyat i farcit d’humana
rancúnia, es dedicà a copular desesperadament amb la seva segona muller,
la francesa Germana de Foix, per tal que li nasqués un hereu que
trenqués la unió tan indecorosa per als seus estats patrimonials que
signà en 1475. En naixé un, d’hereu, però el pobret, que Joan havia de
dir-se si hagués sobreviscut, morí al poc de ser infantat en 1509.
Germana de Foix no perdé l’esperança de ser mare de rei i feia prendre
al seu marit en els menjars extracte de cantàrida (pols extreta de
l’escarabat Lytta vesicatoria), que, segons es deia, tenia
propietats afrodisíaques. Ara bé, en dosis altes, podia produir
intoxicacions i àdhuc la mort. I així, entre cantàrida i cantàrida
—viagra i viagra— Ferran II emmalaltí i es morí (Madrigalejo, 23 de
gener de 1516).
I ara què? Après lui le déluge. Parafrasejo la cèlebre frase de Lluís XV de França no debades. El que vingué després de Ferran II —què us diré?— fou le déluge,
la confirmació de la frustració nacional catalana. A la mort de Lluís
XV (1774) seguí una etapa convulsa que acabà amb el seu fill i successor
guillotinat. Als Països Catalans, mort Ferran II el Catòlic, seguí la
confusió i els dubtes per un futur del tot incert. La Corona —ai
dissort!— anà a parar a Carles, un jovenot borgonyó d’arrels austríaques
a qui, literalment, el país dels catalans només li importava pel volum
de rendes que li pogués arrabassar. Encara hi hagué, que encara restava
rauxa catalanesca per a gastar, qui ensenyà les dents, els agermanats de
València, de Mallorca i alguns al Principat, però, finalment, els
Països Catalans certificaren la dimissió a controlar el «Minotaure». Els
catalans, acostumats a l’absentisme dels reis des d’Alfons IV el
Magnànim (aquest conquerí Nàpols i allà s’hi quedà), no se sorprengueren
que el nou rei s’establís a Castella i en castellà es convertís.
Decadència? Així, tradicionalment, ha estat definida l’etapa històrica
en què els Països Catalans dimitiren políticament i també cultural. El
castellà, la llengua del rei resident a Madrid (Felip II de Castella, en
1561, decidí fer d’aquesta vila castellana la seva capital), s’incrustà
en terra catalana, amb la connivència dels desertors autòctons de tot
pelatge i amb voluntat de fagocitar el país en la Castella imperial que
emergia, Espanya. Encara avui dia, des de la capital mesetària banyada
pel Manzanares, perseveren en això. Deia Vicens i Vives a Notícia de Catalunya:
«Una manca gairebé absoluta d’imaginació presideix les relacions
polítiques dels catalans durant l’època pactista. Incapaços de fer-se un
nou quadre mental, esporuguits davant l’Estat llunyà, però satisfets
amb les engrunes de la menjadora que són les grans institucions
catalanes, dubten entre la tradició i la innovació, per a tombar-se
finalment sobre la ben coneguda jeia del pacte contractual». Ostres, com
la Catalunya autonòmica d’avui! Vet ací l’autonomia, o aqueixa
menjadora que, amerada de covardia, satisfà a la mediocre política
autòctona; ho feia als segles XVI i XVII i —com no!— també ho fa —la
suportem i patim— des de 1979 a ençà.
Als Països Catalans, mort Ferran II el Catòlic, seguí la
confusió i els dubtes per un futur del tot incert. La Corona —ai
dissort!— anà a parar a Carles (a la imatge), un jovenot borgonyó
d’arrels austríaques a qui, literalment, el país dels catalans només li
importava pel volum de rendes que li pogués arrabassar.
Però tant d’anar el càntir a la font...
La Castella carpetovetònica i aires
imperialistes, aconseguida la supremacia a terres ibèriques, no cessà en
la voluntat depredadora d’engolir terres i d’això la multitud de
guerres en què s’embrancà al llarg dels segles XVI i XVII. Tot imperi,
per
definició, és depredador. Mentrestant, a l’autonomisme («pactisme»
als temps forals) instal·lat a casa nostra, ja li anava bé gestionar
únicament el seu corralet i prou. Renúncies a dojo, pels reialíssims
dídims de Ferran II, l’autonomisme de l’època les acceptava capcot i
cofoi. Els successors de Ferran II les van fer de ben grosses, però ací
—autonomistes!— des de les elits que regien el país ningú qüestionà ser
governat per un rei estranger i els seus ministres també de nació
estranya. I, és clar, a Madrid arribaren a creure’s que eren els reis
del mambo. Així ho creia el —diguem-ne per a entendre’s— Pedro Sánchez
del moment, don Gaspar de Guzmán y Pimental, comte-duc d’Olivares,
primer ministre d’una monarquia tan desprestigiada com la que avui dia
pretén salvar de la crema l’espanyolíssim PSOE amb l’ajut de l’esquerra
sense rumb dels Podemos i la col·laboració sempre necessària —ahir i
avui— de les perifèries claudicants. L’Olivares, com qualsevol
politicastre de la Carpetovetònia d’avui, que els temps canvien però les
persones sembla que no, tingué la pensada que allò de l’autonomia
molestava. Tots espanyols i punt! El 25 de desembre de 1624 escrigué un
memorial secret al rei en què deia: «Tenga Vuestra Majestad por el
negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero
decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de
Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y
piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que
se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia,
que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del
mundo». I es posà mans a l’obra per a implementar la idea, si fóra necessari per la força: «El tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándose VM con esta fuerza [exèrcit]
que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se hubiere de
hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y
con este pretexto meter la gente [l’exèrcit], y en ocasión de
sosiego general y prevención de adelante, como por nueva conquista
asentar y disponer las leyes en la conformidad de las de Castilla y de
esta misma manera irlo ejecutando con los otros reinos».
El comte-duc d'Olivares, superministre de Felip IV, com
qualsevol politicastre de la Carpetovetònia d’avui, que els temps
canvien però les persones sembla que no, tingué la pensada que allò de
l’autonomia molestava. La seva política, abusiva contra els territoris
catalans, provocà la rebel·lió del Principat.
La Castella imperial destinava una
quantitat ingent de recursos al pou sense fons de la guerra dels Trenta
Anys i l’Olivares pretengué que les terres no castellanes cooperessin en
l’esforç militar, la Unió d’Armes en deia. Per a dur-la efecte no
tingué més remei que convocar corts als regnes respectius de l’antiga
Corona Catalanoaragonesa: als catalans estrictes els convocà a Lleida,
als aragonesos a Barbastre i als valencians —ai els valencians!— a
Montsó, fora del seu Regne. Per què? Perquè, ras i curt, «es que tenemos a los valencianos por más muelles».
Aragonesos i valencians, a contracor, s’avingueren a cooperar en
aquella «unió» que no presagiava res de bo. Catalunya Principat, però,
no ho féu. L’Olivares i, doncs, Felip IV de Castella (això de III de
Catalunya resulta, si més no, poc convincent), toparen amb un mur i el
rei, irat, abandonà les Corts de Lleida sense cloure-les. Autonomistes,
diguem-ne pactistes, sí, però la renúncia al «Minotaure» la feren a
canvi del respecte escrupolós del rei estranger a les constitucions i
llibertats de la terra, que —com deia Vicens i Vives— «devien ésser
servades a l’ungla». I a tot això, per a embolicar-ho més, el Principat
es convertí en teatre de les operacions militars, el front contra França
establert al Rosselló, amb les incomoditats causades pel pas de les
tropes castellanes per territori català, les quals es comportaven com un
veritable exèrcit d’ocupació. La cosa no acabaria bé. Tant d’anar el
càntir a la font, al remat es trenca.
La Castella imperial destinava una quantitat ingent de
recursos al pou sense fons de la guerra dels Trenta Anys i l’Olivares
pretengué que les terres no castellanes cooperessin en l’esforç militar,
la Unió d'Armes en deia. El Principat de Catalunya s'hi negà
El Principat contra Felip IV de Castella
El comte-duc d’Olivares, favorit reial i
home fort del moment, insistí en portar a terme la Unió d’Armes. Els
catalans estrictes havien negat participar-hi, mentre que valencians i
aragonesos només acceptaren pagar tropes, sí, però per a la defensa de
llurs fronteres estrictes. No res d’enviar-les més enllà, al front
europeu. No eren els valencians, doncs, tan «molls» com a priori, per
les afirmacions de l’Olivares, hom podria pensar. Ara bé, el comte-duc,
tossut, proclamà el naixement de la Unió d’Armes el 25 de juliol de
1626. Les friccions entre el govern diguem-li «central» (Madrid, com
dirien avui dia) i la Diputació del General (la Generalitat) del
Principat anaren en augment. Aquell demanava diners i el Principat
català els hi negava. Aleshores —és clar!— hi havia autonomia de debò,
la fiscal, que l’Agència Tributària espanyola ni s’havia inventat ni se
l’esperava. Altrament, l’acatament del Principat a la monarquia
habsburguesa, la d’aquell «Imperio en el que nunca se pone el sol»,
descansava sobre els pilars bastits per Joan II i les autoritats
catalanes a les Capitulacions de Pedralbes (24 d’octubre de 1472), que
posaren fi a la guerra civil que sacsejà el Principat entre 1462 i 1472.
Aquest compromís entre les parts consagrava la monarquia pactista o, el
que és el mateix, el rei, fóra qui fóra en el futur, no podria fer
unilateralment el que li vingués en gana. Bé, els catalans estrictes
renunciaven al poder suprem, al Minotaure de la metàfora de Vicens i
Vives, però el rei es comprometia a respectar per sempre les
institucions i les lleis de la terra. Aquest acord, sacrosant per als
catalans del Principat, l’Olivares i el babau de rei a qui servia, se’l
passaren pels dídims.
Ara bé, ni encara així, els súbdits de Sa
Majestat Catòlica al Principat, anaven a renunciar al seu príncep (rei),
encara que fóra el forassenyat Felip (El rey pasmado de la
novel·la de Gonzalo Torrente Ballester portada al cel·luloide per Imanol
Uribe). Els fets, però, es precipitaren quan una revolta popular, de
pagesos empipats, esclatà a Barcelona el dia del Corpus (7 de juny)
—Corpus de Sang— de 1640. En els frecs que succeïren contra castellans i
funcionaris reials fou assassinat el virrei, Dalmau de Queralt i de
Codina, comte de Santa Coloma. I ara què? L’Olivares ja tenia l’excusa
perfecta per a intervenir al Principat: «hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente». Però —ai llas!— la rebel·lió pillà el favorit reial per sorpresa i no pogué enviar un exèrcit de forma immediata.
La situació era delicada, puix que Lluís
XIII de França estava en guerra contra Felip IV de Castella (Espanya)
des del 1635. Precisament, l’allotjament de les tropes, de la soldadesca
espanyola, que tractava Catalunya com si d’un país conquerit es
tractés, era la causa principal del malestar popular que està al darrere
de l’esclat de violència al Corpus de Sang de 1640. La revolta, val a
dir-ho, sorprengué tant a les autoritats reials, les dependents del
monarca, com a les del país, les autòctones. Inesperadament, un grup de
segadors que acudien a la capital del Principat com a jornalers encenien
la metxa de la revolució, institucional i social, contra dècades de
frustracions i incompliments del govern «central». L’Olivares quan se
n’assabentà, esclafí d’ira. Quan el representant a Madrid de la ciutat
de Barcelona, Pau Boquet, es presentà davant seu, el foragità de mala
manera. A l’ambaixador de la Diputació, el caputxí fra Bernadí de
Manlleu, Olivares li etzibà que tenia la sensació d’haver rebut una
arcabussada. Ras i curt, l’havien deixat amb el cul a l’aire.
Des del 1635 la Monarquia Catòlica (Espanya-Castella) estava
en guerra contra la Monarquia Cristianíssima, la de Lluís XIII de
França, a la imatge, que acabà sent reconegut pels catalans com el seu
príncep.
Defensar el Principat
Bé, d’antuvi hi ha qui s’avingué a
negociar, allò que ara diuen «taula de diàleg». Tanmateix, hi ha diàleg
si hi ha voluntat de les parts. L’Olivares, és obvi, no la tenia, com
igualment no la té l’Olivares d’ulleres Ray-Ban del 2022. Espanya —què
us diré— és així, incorregible. Ep! Que la crisi del Principat anava a
esperonar la rebel·lió triomfant de Portugal (1 de desembre de 1640),
però a Madrid —inútils— només tenien al cap castigar els catalans. I, a
tot això, la guerra contra França continuava. La catalanofòbia és una
obsessió malaltissa que sacseja els espanyols des de temps immemorials.
No debades, el madrileny i cèlebre lletraferit Francisco de Quevedo,
ploma a sou de l’Olivares, escrivia al seu libel La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero (1641): «Son
los catalanes aborto monstruoso de la política. Libres con señor; por
esto el Conde de Barcelona no es dignidad, sino vocablo y voz desnuda».
Coses així, en privat i manta vegades públicament i descarada, les
continuen manifestant molts dels individus de la penya que celebra les
seves reunions a la Carrera de San Jerónimo de Madrid.
La catalanofòbia ja existia aleshores. El cèlebre literat
madrileny Francisco de Quevedo, a la imatge, escrivia: "Son los
catalanes aborto monstruoso de la política. Libres con señor; por esto
el Conde de Barcelona no es dignidad, sino vocablo y voz desnuda"
El diàleg i l’acord eren impossibles,
perquè el comte-duc d’Olivares ja havia pres la decisió de reduir el
Principat per les armes. L’exèrcit (1.990 efectius de cavalleria i
35.538 d’infanteria), la immensa majoria castellans, seria comandat per
Pedro Fajardo de Zúñiga y Requesens, marquès de Los Vélez, que,
recuperada Tortosa, iniciaria des d’ací la penetració pel Principat amb
la intenció d’ocupar aviat Barcelona. L’Olivares —com el Putin rus dels
nostres dies— pensava en una «operació militar especial» ràpida, que
sotmetés el Principat. No comptava amb la resistència catalana ni en el
fastig que els castellans provocaven en els catalans, farts de
suportar-los: «Castella, superba i miserable, no aconsegueix un petit
triomf sense llargues opressions», proclamava Pau Claris a la Junta de
Braços (reunió excepcional de tots els diputats residents a Barcelona)
constituïda contra l’amenaça militar. Des de 1638 la Diputació del
General estava presidida pel diputat eclesiàstic Pau Claris, acompanyat
pels diputats militar i reial, Francesc Tamarit i Josep Miquel Quintana.
Una Diputació que de seguida li veié les orelles al llop i es negà a
capitular.
Castella (Espanya) venia amb tot el seu
poder militar a fer passar per l’adreçador els catalans i no era el cas
—no tocava— posar l’altra galta amb un somriure, a la manera
«processista», i deixar que els piolíns —a por ellos oé—
del Felip del 1640 esbatussessin impunement la població com ho feren
els del Felip del 2017. No! Claris no anava a tocar el dos ni Tamarit o
Quintana, per voluntat pròpia, anirien en AVE a Madrid perquè els
engarjolessin. Coratge no els mancava als líders catalans del 1640 i si
venia un exèrcit contra ells, no dubtaren a preparar la defensa de la
terra. Claris animà a armar el país i a defensar-lo en el discurs que
pronuncià a la Junta de Braços del 10 de setembre de 1640, recollit pel
portuguès Francisco Manuel de Melo (Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña,
1645). Si calia míssils FIM-92 Stinger per a deturar els oprobiosos
terços espanyols, com avui defensa Ucraïna la seva independència contra
Rússia, els anà a buscar. I, si calia pactar amb el diable, França,
doncs pactà. En un moment del seu discurs, arribà a esmentar la guerra
pàtria de Flandes contra l’invasor espanyol com a model a seguir: «Els
atentíssims holandesos no hauran de veure amb mals ulls que repetim les
petjades per on caminaren gloriosament a llur llibertat». I,
efectivament, el Principat s’armà i plantà cara.
No obstant això, que els discursos
arrauxats no ens impedeixin veure la realitat. El Principat de Catalunya
restava orfe de príncep, però no era aquest el propòsit d’un
sollevament plantejat contra el mal govern, el mal govern d’Olivares i
del protonotari del Consell d’Aragó Jerónimo de Villanueva, als qui
acusaven de ser els responsables del desgovern de la Monarquia de Felip
IV. El Principat de Catalunya apel·lava a la legítima defensa pròpia
contra els ministres malèvols del rei, per a justificar el seu
capteniment. Claris i col·legues eren, sobretot, pactistes, seguidors i
executors d’un sistema polític, el pacte amb el rei, que consideraven
intocable. No, no somiaven una república en el sentit modern del terme,
no s’imaginaven una Catalunya sense príncep. Vaja! L’autonomisme nascut
en 1983, consentit per les deixalles del franquisme, tampoc se la
imaginà, i encara menys —penso— el neoautonomisme desencisat i poruc
sorgit dels fets del 2017.
La Junta de Braços creà un Consell de
Defensa per a preparar la guerra. Claris (discurs citat del 10 de
setembre) confiava en l’ajut de les potències estrangeres per a
repel·lir l’atac espanyol i, inevitablement, hagué de negociar amb
França. Aleshores l’home fort de Pirineus enllà era Armand Jean du
Plessis de Richelieu, el cardenal Richelieu. La Generalitat envià tres
emissaris (Ramon de Guimerà, Aleix de Sentmenat i Francesc de Vilaplana,
aquest darrer nebot de Pau Claris) a cercar l’ajut francès i, així,
s’entrevistaren primerament amb Roger de Bossost, senyor d’Espenan,
comandant de la plaça fronterera de Leucata. Richelieu de seguida
contestà i comissionà el seu nebot Bernard du Plessis-Besançon a
negociar amb els catalans. Ja des del primer moment, el cardenal havia
concebut la idea de convertir el Principat en una república sota la
protecció francesa. No contemplava Richelieu la possibilitat d’una
annexió, en absolut, i els catalans, de ben antuvi, ignoraven que havien
de deseixir-se definitivament de l’obediència al rei d’Espanya i ser
república perquè França els ajudés.
La República de Richelieu
Convertir el Principat de Catalunya en una
república, vet ací el pla de Richelieu, fer del Principat un estat tap
entre la Monarquia Cristianíssima (França) i la Monarquia Catòlica
(Espanya-Castella), i l’encàrrec que rebé Bernard du Plessis-Besançon
per a negociar l’ajut de França als catalans. Al convent dels caputxins
de Ceret (Vallespir), el 24 de setembre de 1640, tingué lloc la trobada
entre Du Plessis-Besançon, acompanyat del senyor d’Espenan, i la
delegació catalana, encapçalada per Ramon de Guimerà, que presentà als
plenipotenciaris francesos un document que contenia la petició solemne
de favor dels catalans al rei de França «en la guerra que de part dels
ministres d’Espanya se li amenaça». Els catalans demanaven armes i
soldats: mil de cavalleria i sis mil infants. Du Plessis-Besançon
prengué el document i marxà de seguida cap a la cort francesa.
Al convent dels caputxins de Ceret (Vallespir), el 24 de
setembre de 1640, tingué lloc la trobada entre Du Plessis-Besançon,
acompanyat del senyor d’Espenan, i la delegació catalana, encapçalada
per Ramon de Guimerà, que presentà als plenipotenciaris francesos un
document que contenia la petició solemne de favor dels catalans al rei
de França "en la guerra que de part dels ministres d’Espanya se li
amenaça".
Ara sí, el Principat català havia
travessat el Rubicó que el separava definitivament de la Monarquia dels
Habsburg hispànics. Els catalans, però, encara albergaven alguna
possibilitat d’entesa, i d’això les cauteles inicials. Tanmateix, Claris
era del parer que el comte-duc d’Olivares i el protonotari Villanueva
no eren gens de fiar. El president de la Diputació del General escrivia
que «comte-duc i protonotari, los quals, des de l’any 1626 fins avui,
són èmuls de nostra nació i en totes ocasions ho han mostrat».
Així les coses, Lluís XIII —vaja,
Richelieu— acceptà ajudar els catalans i estipulà unes condicions
d’inici. El nebot de Richelieu vingué a Barcelona i el dia 21 d’octubre,
diumenge, tingué una primera reunió amb els diputats de la Generalitat.
El diumenge següent, dia 28, llegí a la Junta de Braços el plec de
condicions franceses per a ajudar militarment Catalunya. França
auxiliaria el Principat, d’inici, amb tres mil infants i dos mil
cavalls. Aquesta força, a pagar pels catalans, s’integraria sota les
ordres de la Generalitat. Així mateix, per a ratificar l’acord,
s’establí l’enviament de nou rehenes a França, tres per cada braç de les
Corts. El dissabte 10 de novembre Du Plessis-Besançon marxà de
Barcelona amb els rehenes. Sis restaren a Tolosa de Llenguadoc i tres
foren comissionats per Pau Claris per a anar a París a «besar la mà del
Rei Cristianíssim i agrair-li la mercè [que] nos fa d’auxiliar-nos». Més
aviat una ambaixada que tenia la missió d’entrevistar-se amb Lluís XIII
i Richelieu: «i hauran trobat les cartes de creença per al dit Rei
Cristianíssim i lo Cardenal-Duc [Richelieu], esperant que, atenent a la
confiança [que] havem feta de vostres mercès, procurant lo que serà de
major conveniència per aquest Principat».
El 3 de gener de 1641 el cardenal Richelieu, a la imatge,
s'entrevistà amb la delegació catalana que havia anat a París a
entrevistar-se amb ell i el rei. Richelieu, en castellà (llengua que
coneixia perfectament), els demanà que el Principat es convertís en
república independent i sobirana i, així, com a ambaixadors d'un país
sobirà, l'home fort de França rebé la delegació catalana.
El 7 de desembre arribaren els primers
efectius francesos. El 10 arribà el senyor d’Espenan i el 12 ho féu
Du-Plessis-Besançon. Un cop reunit, l’exercit francès partí cap a
Tarragona a fer front a l’amenaça de l’exèrcit del marquès de Los Vélez.
Mentrestant, l’ambaixada catalana —els tres rehenes comissionats per
Claris— s’adreçava a París, on arribà el dia 26. Aquesta ambaixada
estava formada per Llorenç Barutell (braç eclesiàstic), canonge de la
Seu d’Urgell i home de confiança de Claris, Francesc de Gravalosa, baró
de Castellar (braç militar), i el ciutadà honrat de Barcelona Jaume Bru
(braç reial). El 3 de gener de 1641 s’entrevistaren amb Richelieu, que
els tractà amb la dignitat d’ambaixadors d’una nació sobirana.
L’audiència amb el poderós cardenal la descriuen en una carta enviada
als diputats de la Generalitat datada el dia 5. Entre altres coses hi
escriuen:
«Respongué Sa Eminència en castellà ab estes paraules, sens que en la substància diferencien en cosa: Mucho
me pesa de los agravios que la provincia de Cataluña recibe del rey de
España y de sus ministros; y asigúrese la provincia, que el rey la
protegerá, auxiliará y favorecerá, queriendo que sea república independiente y soberana,
y ansí ha determinado recebirles, como a embajadores de república
libre, a vueseñorías, haciéndoles cubrir, sin que de este favor y
auxilio entienda Su Majestad reportar otro interés más que hacer que los
catalanes sean conservados en sus leyes y privilegios, y se vean libres
de las opresiones, y de mi parte les prometo y asiguro que les valdré y
favoreceré como si yo fuera catalán.»
Atenció: «queriendo que sea república independiente y soberana».
El cardenal Richelieu era el més ferm partidari de la república
catalana. Ell —ras i curt— la imposà. Si el Principat volia l’ajut de
França havia de convertir-se en república. A l’endemà d’escriure aquesta
carta, el diumenge dia 6 de gener, els ambaixadors catalans foren
rebuts solemnement per Lluís XIII, amb el privilegi de restar coberts,
sense llevar-se els barrets davant el rei; és a dir, com a autèntics
ambaixadors de república independent i sobirana. El rei francès prometé
que «jamés no faria pau ab lo rei d’Espanya que no hi entràs la
província de Catalunya» (carta als diputats del 15 de gener).
República? Els ambaixadors catalans,
representants de la Generalitat, no veien això del tot clar. Ningú a
Catalunya els havia advertit —Pau Claris tampoc— que el Principat es
convertiria en república. Els recels catalans, que fa la impressió
esperàvem una altra cosa, els apaivagà Richelieu dient que «Sa Majestat
la rebria [Catalunya] baix sa protecció, com ho està Gènova del rei
d’Espanya; i discorrent sobre est punt, [Richelieu] ha dit que el rei de
França —s’ha considerat— millor li estava se fes república que si li
fóssem vassalls.»
I ara què? Richelieu, per tant Lluís XIII
i, doncs, França, volia, per interès estratègic, convertir el Principat
en una república protegida, a la manera que la Monarquia habsburguesa
hispànica protegia la de Gènova. Això, als pactistes els superava. Com a
molt aspiraven a fer fora del govern central el comte duc d’Olivares i
el protonotari Villanueva, els mals ministres de Felip IV. El rei pasmado
restava, de moment, indemne a la crítica. Però ara ja no havia
possibilitat de fer marxa enrere i, del tot esmaperduts, els diputats i
les institucions del Principat acceptaren els desitjos de Richelieu. El
16 de gener de 1641 la Junta de Braços resolgué, senzillament, «que
s’accepte la protecció» de França. A l’endemà, el Consell de Cent
barceloní acordà que «s’adheresca, com ara de present s’adhereix esta
ciutat, a la deliberació presa lo dia d’ahir en los braços generals
tinguts en la Casa de la Deputació, acerca d’acceptar la protecció [que]
ofereix lo cristianíssim rei de França al present Principat i comtats
de Rosselló i Cerdanya». La resolució, doncs, és acceptar l’ajut francès
i amb això, se suposa, el requisit de ser «república», encara que la
paraula en qüestió no surt esmentada en cap resolució ni document
d’aquell dia.
El 16 de gener de 1641 la Junta de Braços acordà que
s'acceptés la protecció francesa i, per tant, que el Principat es
convertís en república. Pau Claris, a la imatge, l'encapçalà. Una
setmana després, però, finia la tal república, si és que de debò arribà a
existir, perquè es decidí convertir Lluís XIII en comte de Barcelona.
República sense ganes
República? Primera República catalana?
Ningú la proclamà. Les institucions pactistes de Generalitat i Consell
de Cent continuaren igual que estaven. Mentrestant, ara sí, la guerra
arribava al Principat amb tota la cruesa que un conflicte bèl·lic
comporta. Tarragona havia caigut en mans dels terços espanyols el 23 de
desembre i, ara, mentre rebien les notícies dels ambaixadors de París,
el senyor d’Espenan, després de la desfeta a Tarragona, abandonaven a
corre cuita el Principat. A Martorell, el 21 de gener, l’exèrcit del
marquès de Los Vélez derrotà a les tropes catalanes i franceses. Superat
el Llobregat, la via cap a Barcelona restava oberta i tot augurava una
victòria fàcil de l’exèrcit de Felip IV.
Hannibal ante portas, hi ha qui
s’escagassà. Barcelona s’organitzà per a la defensa, cert, però pocs
confiaven a fer retrocedir l’exercit castellà, almenys els catalans de motu proprio
no es veien capaços. Reunida la Junta de Braços (23 de gener de 1641),
allà es digué que s’havien constituït en «república» quasi obligats. Bé,
la veritat és que no hi creien, en la república: «havent conferit ab
algunes persones de confiança i tota satisfacció lo modo de la protecció
y forma de la república, s’han considerats gravíssims inconvenients, no
sols per los gastos [que] s’oferiran per la defensa i conservació
d’aquella, però encara en la disposició del govern, i avui aquesta
Província i Ciutat estan tan exhaustes que és impossible sustentar llarg
temps los gastos de la guerra que tenim ja a les portes d’esta ciutat».
En conseqüència, «com està ella [Barcelona] i tota la Província en
notable perill de perdre’s, si no és ab gran i prompte socorro de
cavalleria i infanteria pagada, lo qual no podem esperar sinó de Sa
Majestat Cristianíssima», doncs, la Província es posa sota l’obediència
de Lluís XIII.
Així finí una república efímera i
—diguem-ne— també difusa. Encara, amb la documentació a la mà, dubtem si
arribà a proclamar-se. El dia 16 de gener, a la vista està, ningú ho
féu. Mai Pau Claris, el president de la Diputació del General, encara
que fos de manera efímera, no s’atorgà un poder comparable al d’un dux
genovès o venecià. I una setmana després, ras i curt, lliuraren el
Principat a la sobirania del rei francès. La Catalunya Principat d’ànima
pactista, en definitiva, volia tenir un rei, un rei llunyà que deixés
fer, però rei al capdavall, si no espanyol que sigui francès. La manca
d’imaginació en les relacions polítiques, a la qual he al·ludit més
amunt, abocà Catalunya, els Països Catalans, a la subalternitat, en la
qual continua relegat el país. Al segle XVII ningú gosà modificar el
règim pactista que permetia que el país (al Principat, al Regne o a les
Illes) fóra regit per un rei estranger, ni els més abrandats
revolucionaris de 1640. Així, com assenyala Vicens i Vives, «en el
moment de punta de la revolució del segle XVII, quan Catalunya se separa
de la sobirania del rei d’Espanya per a caure, esmaperduda, en la del
rei de França, no té ni braó per a proposar una solució més àgil a la
dinàmica política i administrativa del país». Segles després continua
esmaperduda i en mans d’estrangera corona. El pactisme, ara convertit en
autonomisme, continua abominant de la república. Ras i curt, no hi
creu. Aquesta és la fatalitat històrica dels catalans, l’immobilisme que
els fa perdre tots els trens que condueixen a la llibertat nacional, a
la constitució d’un estat propi. I això, en el joc històric, resulta
fatal, perquè amenaça la pròpia existència del país com a comunitat
humana diferenciada. En 1641, la indefinició política en moments tan
transcendentals desballestà el Principat, escindint-ne els comtats del
nord. La guerra, com bé sabeu, continuà, però ara reinserida en el
conflicte perenne entre les corones espanyola i francesa fins que,
cansats d’esbatussar-se, espanyols i francesos convingueren repartir-se
les despulles del Principat (tractat dels Pirineus, 1659).
Parlem de la declaració de la República Catalana. No la del 2017, sinó que anirem molts anys enrere. El 16 de gener de 1641, Pau Claris va proclamar la que seria la Primera República Catalana. L'historiador Xavier Carmaniu i Josep Palau expliquen què va passar i en quin context.
Molt recomanada. (Duració 1h45 min). Inclou del que darrerament en aquesta blog en diem història del diner.
Repas de les transaccions des del Neolític al crack del 2008: Edat Mitja, naixement del capitalisme, Primera i Segona Guerres Mundials. Bretton Woods i els pactes per redreçar l'economia després del crack del 1929, Nixon, ....
Exposat de forma raonada, llúcida, coherent amb un punt d'humor que ajuda a seguir amb atenció.